EL CANTO Y LA PROTESTA

18 de noviembre de 2016

Tres dramas para orquesta hace del terror y de la furia punk elementos de un presente que culmina en un texto calmo, desencantado

Por Alejandra Varela.

La música se vuelve drama. En la puesta hay una circularidad, cierto arrebato que choca con esa melancolía a la que parece apelar el canto. Alejandra Radano usa la carcajada como un recurso sonoro que quiebra y deforma la canción para cuestionarla. La interpretación se ubica delante del canto y puede hacerlo porque se sostiene en una habilidad técnica que resiste todas las distorsiones.
En Tres dramas para orquesta ocurren variados mecanismos de interrupción que convierten toda esa sonoridad musical en un rito alterado porque es la historia la que irrumpe con sus mujeres malogradas. En el tango maldito de 1916 cada nota ataca para marcar el conflicto. Radano construye criaturas que no son obedientes a esa liturgia de la que nacen maltrechas. Usan el código propuesto para abrir pequeñas rupturas.
En “La muerte de Teodora” las referencias al music hall, al vodevil, ayudan a acentuar el disparate. Todo es alocado porque ya no habita la oscuridad del tango. Como lo más importante es contar esa epopeya que se alimenta de la risa, que incluso se burla del destino desolado del tango, ya que Teodora podría ser una muchacha del cabaret convertida en andrajos por la saña de la letra masculina, Radano hace del falsete una espátula para sacar ese personaje que la canción propone y para lograr su tarea necesita de todo el cuerpo. 
Ya no se canta únicamente con la voz. La disposición escénica de Tres dramas para orquesta  ubica el canto en situaciones inciertas. Cuando Radano consigue pegar la palabra anarquista en su boca aparecen Bertolt Brecht y el género del Cabaret berlines. La diversión hecha manifestación política. Quién dijo que allí sólo van a ir a divertirse. Radano se convierte en la maestra de ceremonias de la farsa social. Deja para el tercer cuadro la médula de su collage.

La canción de protesta se vuelve moderna. La cúpula del Centro Cultural Kirchner es una torre donde los personajes se reflejan como si el momento teatral ocurriera en el aire.

 
Lo espectacular deviene acción porque todo pasa a ser leído desde la urgencia. La actualidad es una tonalidad imposible de evitar. 
Radano asume la proclama con todos sus condimentos. Llama a ese público con su voz, lo interpela pero también descubre en su composición que sabe algo más, que no es inocente y que todo ese juego de estar allí, de mezclar el punk con el vestido blanco implica opinar a partir del montaje de texturas que recorren temporalidades diversas. 
El monólogo de Santiago Varela que Radano utiliza como una obstrucción en su canto, acude a un humor político perdido. Ese que construía cuidadosamente sus discursos en la enumeración de situaciones que eran la descripción más concreta de la responsabilidad social. El lugar común de la frase cotidiana es usado hasta la saturación, la repetición hace que la risa obligue a la crítica. El espectador se siente tocado porque entiende que la conducta cuestionada, objeto de su sátira, es el reflejo de su propio comportamiento. 
Entonces Santiago Varela y Brecht, en el universo Radano, son pensados bajo la misma estructura.

La trampa del show que también armaba Bob Fosse, es la de creer que la ironía solo puede manchar a los poderosos cuando el artista se ofrece como réplica de una platea cómplice de sus opresores.

Tres dramas para orquesta. Exploraciones sobre el teatro musical, con dirección musical de Diego Vila, dirección general de Fabián Luca y la interpretación de Alejandra Radano se presenta el miércoles 23 y el jueves 24 de noviembre a las 20 en el Centro Cultural Kirchner.   

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