BAILA ENTRE FANTASMAS

Isabel Perón baila entre fantasmas

El director Alfredo Arias vuelve sobre la política argentina con Happyland, una sátira en clave de music hall que va de la reclusión de la ex presidenta luego del derrocamiento a su pasado en un cabaret panameño, antes del General.

Alejandra Radano como la ex mandataria que recuerda su juventud desde la prisión neuquina, y Carlos Casella en el rol de su escolta cubano, Joe Herald.

Rodolfo Biscia 13/09/2019 –

Happyland, la obra que Alfredo Arias estrena en el Teatro San Martín, recrea los orígenes cabareteros de nuestra primera presidenta argentina, María Estela Martínez de Perón. También pone en escena la reclusión que, después de su derrocamiento, sufrió “Isabelita” en Messidor, el castillito afrancesado que construyó Alejandro Bustillo en Neuquén, a metros del lago Nahuel Huapi. Como suele ocurrir con la Historia argentina, los detalles aparentemente más inverosímiles son los que cuentan con mayor soporte documental.
Con desparpajo, pero también con humor cáustico, Arias y el dramaturgo Gonzalo Demaría invocaron las tradiciones del varieté, la sátira política y el cine de horror clase B. En la obra, la ex presidenta (Alejandra Radano) queda cautiva junto a su mucama andaluza (María Merlino), bajo las órdenes de Lucrecia, el ama de llaves (Marcos Montes); Adriana Pegueroles encarna al Arzobispo que la visita durante su reclusión. Desde su prisión neuquina, en 1976, Isabelita rememora la época en que bailaba en un cabaret panameño, hacia 1955, donde la escoltaba Joe Herald, mezcla de espía y presentador de nightclub (Carlos Casella); Josefina Scaglione representa el avatar juvenil de la mandataria depuesta. La música se le confió a Axel Krygier y el vestuario a Julio Suárez. Mientras la historia avanza a través de boleros, mazurcas y aires de foxtrot, las luces de Paula Fraga y la escenografía de Julia Freid nos llevan desde los trópicos a la Patagonia, y viceversa. En vísperas del estreno, Arias reveló algunas claves estéticas de esta nueva pieza. También aportó su mirada de régisseur para sondear la historia política argentina, cautiva hasta el presente de antagonismos que él considera anacrónicos.

–En sus obras siempre entrecruza géneros diversos, pero con una constante apelación al lenguaje del music hall.
–Muy a menudo, me apoyo en el music hall, ya que ofrece una gran libertad de acción con los diferentes lenguajes que el teatro posee. Es un sistema muy libre: cuando uno va a ver un music hall, no importa que le cuenten o no le cuenten una historia, o que esa historia tenga una línea narrativa o carezca de ella. Uno no está preocupado porque, por ejemplo, un diálogo esté conectado inmediatamente con una canción, un baile, una pantomima o alguna otra posibilidad que el teatro tiene para manifestarse. Y no hago un teatro de orden realista o psicológico: hago un teatro que es una manifestación del teatro en sí mismo.

–En ese juego “metateatral” usted también introduce numerosos guiños cinematográficos. Algunos elementos de Happyland recuerdan la atmósfera de un melodrama gótico como Rebeca, de Hitchcock.–Sí, aunque quienes han podido compartir la creación de este espectáculo piensan que finalmente evoca más a Roger Corman y las Hammer Productions. Porque Happyland es más una obra de fantasmas y de terror que un drama hitchcockiano. Hitchcock era un creador de un enorme purismo: como un geómetra, diría. Y esto funciona más bien como un aquelarre: una especie de carnaval entre los fantasmas y la realidad que traen estos personajes.


–¿Por qué eligió este registro en esta ocasión? –Tenía que elegir algo que me acercara a lo que pienso que es el carozo de la política argentina. Me parece que la política argentina es un aquelarre de fantasmas que no se quieren ir, de otras personas que se convierten en fantasmas: gente que vive entre exorcismos y espiritismos varios para tratar de descifrar una realidad que cada vez se les vuelve más incomprensible. Y entonces me pareció que era el tono justo para hablar de política. Si bien con una obra no vamos a arreglar nada, el teatro permite dialogar más con la historia, en la medida en que se dirige al inconsciente de los espectadores. El propósito es mover los mitos: desplazarlos y verlos de otra manera.

–¿Como ocurre con la Eva Perón de Copi?
–Sí: hace 50 años, cuando hicimos Eva Perón, con Copi también pensamos que la idea era mover el mito de Eva y transportarlo a un mundo de orden fantasmagórico. Pero en la escritura original no estaba la idea de que ese rol tenía que ser interpretado por un hombre: se lo propuse a Copi, él lo aceptó y eso nos permitió llevar la obra a un nivel de exaltación poética. Esas cosas que a veces están hechas únicamente con una aspiración de orden poético más tarde pasan a adquirir una significación política: con el correr del tiempo, la obra Eva Perón se volvió tan icónica como el propio personaje de Evita.


–De hecho, en una escena de Happyland, la gobernanta Lucrecia queda poseída por el espíritu de Evita y, de algún modo, se transforma en ella. Y también es un hombre quien interpreta el rol.
–Exacto. Pero lo interesante es que, cuando el personaje de Isabelita trata de escaparse de Messidor e intenta tirarse al lago, para castigarla de esa audacia se decide raparla. En la escritura original de Gonzalo Demaría, la idea era vestirla de sargento, pero le pedí que la transformáramos y que la vistiéramos de Perón. Ella dice: “No puedo ser menos que mi marido”. Lo que se produce al final –cuando Lucrecia está poseída por Eva– es que Isabelita está vestida de Perón. Y entonces se produce un diálogo delirante entre Eva e Isabelita. Pero en realidad son Perón y Evita quienes lo pronuncian, como si ellos fueran los padres del aquelarre. ¡Y de alguna manera lo son! Ambos encarnan una suerte de paternidad y maternidad de una especie de política que ha creado las más grandes fantasmagorías.


–Así como se da este “juego de roles” entre Isabel y Lucrecia, a su vez Isabelita aparece escindida entre la presidenta depuesta y su figura juvenil.

– El problema es que la gente no sabe quién fue Isabelita: obstinadamente se trata de borrarla, ya que ha sido un mal momento de la Historia, incluso para los peronistas. Entonces, la idea fue proporcionar un poco más de material de fábula para que la gente pudiera entender el origen. ¡Y el origen de eso tiene lugar, precisamente, en el mundo del music hall! El encuentro se produce en Panamá, en el cabaret que se llama “Happyland”, donde esta mujer bailaba en puntas danzas como el zorongo y la cachucha.

–¿La música de Axel Krygier explora esos aspectos documentales?–La composición musical es extraordinaria y, aunque no estamos en un plano documental ni didáctico, la música transmite cierta información. Así que esos números recuerdan ese mundo de origen, donde todo empezó. Pero los personajes quedan en escena: Isabelita joven queda e interviene como una especie de fantasma; y también Joe Herald, el espía. Hemos escrito una canción titulada “Fantasmas”, porque al final del espectáculo todo se dirige a una especie de ceremonia en la cual estos fantasmas son parte activa. Y toman a lo largo del espectáculo un verdadero cuerpo, que va más allá, eventualmente, de las intervenciones de music hall.

–En una escena, Isabelita canta una baguala, algo que remite a su patria riojana.–Aquí hay que decir que Gonzalo Demaría –con quien trabajo desde hace tiempo–, tiene un aspecto de historiador que después se magnifica o se modifica con su trabajo de dramaturgo. Y, lógicamente, siempre se llega a hacer el espectáculo después de un largo trabajo de búsqueda. Los números musicales forman parte de ese mundo de music hall y al mismo tiempo están contando cosas bastante personales de los personajes: nos dan información acerca de qué hacen ahí, por qué están ahí.

–Entre muchas facetas de incorrección política, la obra presenta a una Isabelita anti-feminista.–¡Ah, sí…! Pero bueno, ¡ella dice muchísimas cretinadas! (risas). Y reivindica esa posición de mujer sometida, porque de todas maneras ella llegó a sr presidenta.

–En cierto momento, ella dice: “La mujer tonta gana. La que quiere jugar a la emancipación pierde”.–“Yo soy una tonta, pero el mundo es de las tontas”, piensa ella. “Si yo llegué, ¿por qué otra tonta no va a poder llegar? Son las avivadas las que no van a llegar, porque hay que ser tonta –aceptar el papel de tonta– para poder llegar a lo que yo llegué”. De todas maneras, ella no dice que llegó a ser camarera de un restorán (con todos los honores que merece una buena camarera), ella llegó a ser presidenta de un país. En otro momento, el Arzobispo le dice: “Usted no es ninguna tonta” y ella le contesta: “Tonta es la Junta. Esos comandantes van a centuplicar nuestros muertos y van a pagar por propios y ajenos”. Entonces, meditando en su discurso a la vez muy restringido, pero con esa convicción de haber llegado, ella no puede sino reivindicar su propio camino. Pienso que Gonzalo escribió pasajes como estos para acentuar el carácter precario de Isabelita.

FOTO CLAUDIO LARREA

–¿Alude a su precariedad cultural?–Sí. Uno imagina que una persona que llega al poder tiene que ser una persona preparada, y aquí no había casi nada de eso. Incluso ella lo dice con esa frase que me parece genial: “Si hubiera sabido lo que me esperaba, me habría preparado mejor”. Cuando uno ve su vida, descubre que ni siquiera terminó la secundaria. Que un país esté en manos de una personalidad cultural tan precaria me parece algo absolutamente delirante. Por eso, festejemos el delirio: ¡así tal vez vamos para adelante! (risas).

–En un momento, Joe Herald dice que el local panameño “parece un cabaret pero es el Paraíso”. ¿Happyland funciona como un paraíso perdido?–La idea era más bien recrear un lugar tropical, medio cinematográfico. Como si, en medio de este drama de Neuquén, te encontraras en un avión que bajara en Panamá, con toda esa atmósfera colorida, y volvieras a una especie de situación totalmente inconsciente. Tal como ocurría en el filme Volando a Río (1933): de pronto aparecía gente arriba del ala de un avión, que iba cantando. Es un poco como decir: “¡Atención! Todo esto comenzó en un disparate”. Porque uno puede imaginar que un político encuentra a su mujer en una universidad, en una biblioteca, en un hospital, en un viaje cultural. En cambio, imaginar que la ve como una especie de bailarina copera en un cabaret y que de ahí surge la primera presidenta de los argentinos es una cosa que hay que recordarla siempre: para poder reírse y también para poder meditar.

FICHA
Happyland, de Gonzalo Demaría, por Alfredo Arias

Lugar: Teatro San Martín. Av. Corrientes 1530.
Funciones: miércoles a domingos a las 20.30.
Entrada: desde $ 140.
Estreno: sábado 21 de septiembre del 2019

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